22 febrero 2006

La Numerología y el Desarrollo Personal

por Alfonso Baraona Sotomayor

Mucho se habla hoy sobre el desarrollo personal y cada día aparecen nuevas ediciones de libros relacionados con el tema. Por otra parte, existe un interés creciente por una búsqueda de respuestas a esa inquietud por el crecimiento interior. Ésta se explicaría como una reacción frente al materialismo imperante. Pero también es una tendencia natural del ser humano normal a ser más, pero en el sentido de ir aspirando a metas de perfección, a ser mejores personas, más consecuentes con los principios o ideales que inspiran su vida. Eso es lo que yo creo que está en la estructura psicológica del hombre y de la mujer sanos. Ahora bien, “cuando esta tendencia se desvirtúa aparecen falsos satisfactores, como los que propone la sociedad de consumo: ‘tenga más y será más’; ‘consuma más y será más feliz’.

A nuestro juicio, ésa es una invitación perversa, ya que se aprovecha de una aspiración sin límites –como es la autorrealización- para logros materiales y, por tanto limitados. Además, los bienes materiales son instrumentales y no objetivos finales como lo es el de la trascendencia.” [1]
Por lo demás, el hecho de acumular riquezas materiales pierde su justificación al momento de proyectarlas más allá de la satisfacción lógica y razonable de necesidades propias y familiares, dentro de un plazo de vida normal. Ni los bienes materiales ni los títulos ni los honores sociales podrán acompañarnos más allá de la tumba. Si consideramos este aspecto, podríamos deducir que la mejor inversión que podríamos hacer es la de orientar nuestra vida terrena hacia el desarrollo personal, en los términos que señalamos anteriormente, de la búsqueda de la propia perfección. Seguramente esos logros figurarán en los balances de lo trascendente, de lo que perdura más allá de la materia y de los tiempos.

Ahora, ésta no es tarea simple ya que pasa por reconocer y asumir nuestras imperfecciones y, en especial, abordarlas para su pulimento o eliminación. Y eso encierra una gran dificultad: nuestro propio ego. Es muy raro que un individuo común y corriente acepte de mutuo propio sus propios defectos y menos aún que esté dispuesto a emplear el bisturí o la picota para extirparlos, según la dimensión de los mismos. Pero sin esta etapa no puede haber un crecimiento personal real.

Esto se parece un tanto a la medicina. Si el médico no me muestra una radiografía con un pulmón socavado, no dejaré de fumar (aunque he conocido algunos que ni así lo dejan). Si hubiera un método de diagnóstico que nos mostrara los socavones de nuestros comportamientos, por donde escurren nuestras buenas intenciones, nuestros principios, nuestras energías, nuestras mejores posibilidades de realización, ¿usted estaría dispuesto a aplicárselo para orientar su vida hacia un destino superior? Le puedo asegurar que sí existen métodos muy precisos, tanto como una radiografía e, incluso, como un escáner, respecto de usted, de su carácter, de sus aptitudes, posibilidades y limitaciones.

Algo conozco lo que ofrece la numerología respecto a sus posibilidades diagnósticas. Es impresionante como el nombre y la fecha de nacimiento de una persona puede dar tanta luz acerca de características, que ni esa misma persona sospecha que posee. Nos puede mostrar, como ejemplo, su perfil de aptitudes, tanto artísticas como científicas o comerciales. También nos puede precisar qué aspectos de nuestro temperamento no se está expresando a cabalidad; si la persona no expresa toda su emocionalidad o toda su capacidad intuitiva u otras áreas de su personalidad. Como si esto fuera poco, la numerología también nos ofrece un verdadero mapa carretero de lo que fue, es y será nuestra vida, señalando con precisión los hitos de ese viaje. En esa “carta de navegación” aparecen las opciones que se nos presentarán o que ya se presentaron. Pero además, nos señala los acantilados o rocas ocultas para evitarnos un naufragio previsible.

En términos numerológicos, los primeros se denominan “pináculos” y los segundos “escollos”. Es destacable como esta sabiduría, siglos antes, se adelantó a los modernos conceptos que hoy se emplean en la administración de empresas y en toda actividad humana que involucre el esfuerzos de personas y el empleo de recursos. Me refiero a la “planificación estratégica”. Si una empresa aspira realmente al éxito, se preocupa de indagar lo siguiente: - cuáles son sus capacidades efectivas (personal capacitado, recursos, tecnología, etc.) – cuáles son las opciones que el medio le ofrece, en concordancia con dichas capacidades (estabilidad económica, política y social, estímulos y otros). Pero también se pregunta si tiene fragilidades que frente a los competidores o exigencias de los clientes, pudiera generarle dificultades o quizás el fracaso. Sobre la base de dichos estudios puede tomar sus decisiones con una mayor certidumbre.

Así, en nuestra tarea del desarrollo personal nos puede ser muy útil el conocer nuestras fortalezas y nuestras fragilidades. Sin estas informaciones, lo más probable es que nos perdamos en las nebulosas de la subjetividad o del autoengaño.

Si a usted le parece interesante puede buscar en Internet alguna de las muchas oportunidades que ahí se ofrecen para darle alguna orientación numerológica respecto a sus características personales. Si desea profundizar, puede consultar con algún numerólogo o numeróloga de su confianza. Y apriete los dientes por si le aparece algo que no le guste. Pero bien valdrá la pena un gesto de valentía por su realización personal.

19 febrero 2006

El Enigma Sagrado ¿Tuvo descendencia Jesús a través de María Magdalena?

por ALEJANDRO POHLS HERNÁNDEZ
¿Tuvo descendencia Jesús a través de María Magdalena?, ¿Este hijo a su vez se casó con descendientes de la familia real de los francos, generándose así una línea que constituye, hasta nuestros días, el linaje del nazareno y de la auténtica nobleza europea? Esta es la trama básica de un libro que fue un best seller hace más de dos décadas (1982), titulado “El Enigma Sagrado” y escrito por tres investigadores europeos: Baigent, Leigh y Lincoln.

La historia se desarrolla a partir de un hecho aparentemente sin importancia. Antes de la Primera Guerra Mundial, en un pequeño pueblo del Langedoc francés, que en su momento fue un bastión cátaro, llamado “Rennes-le-Chateau”, en donde un cura llamado Berenguer Saunier encontró durante las reparaciones de la fachada del templo, dentro de una columna hueca, varios documentos: un listado de nombres y dos hojas con indicaciones en clave.

La solución del enigma que plantean esas dos hojas conduce a un descubrimiento inesperado que convierte a ese insignificante cura de pueblo en un hombre rico, tanto que su ama de llaves, que le sobrevive, es hallada en posesión de una cantidad enorme de billetes de banco ya caducados, que se queman durante la ocupación alemana. Según los autores, el dinero pudo haber provenido del obispo de la Diócesis, que compró el secreto.

Ese descubrimiento está relacionado con la ubicación de la tumba del hijo de Jesús, que constituiría la prueba irrefutable del hecho central de la trama. Según los autores, el renombrado pintor Nicolás Poussin (1594-1665) habría pertenecido a los privilegiados poseedores del secreto y habría reproducido en su cuadro “Los pastores de la Arcadia”, la tumba y el paisaje del lugar de su ubicación. Sobre la tumba, según el cuadro, figura la misteriosa frase en latín Et in Arcadia Ego, que los autores reordenaron para convertirla en I tego arcana Dei, es decir: “Atrás! Tengo el secreto de Dios”.

Godofredo de Bouillon (1060-1100), conde de Bouillon y duque de la Baja Lorena, cabeza de la primera cruzada que conquistó Jerusalén en el 1099 y se autonombró Rey de Jerusalén sin objeción de Roma ni de los reyes europeos, habría figurado en la lista encontrada por Saunier, por pertenecer al linaje de Jesús.

En la trama del libro, hace llegar el linaje hasta nuestros días con la pretensión de establecer en Europa y en el mundo un reino de paz encabezado por la descendencia del Salvador.

Un libro reciente, titulado El Código Da Vinci, retoma el tema y en una forma novelada presenta la misma historia básica. Este libro actual ha causado sensación, se ha convertido en un best seller y ha conducido a intensas polémicas entre especialistas en los principales países del mundo occidental.

En esencia, el problema estriba en saber esa parte de la vida de Jesús que no figura en los Evangelios y que ha inquietado a la humanidad durante 2000 años: ¿Quién fue Jesús el hombre? No es otra la inquietud en torno a los llamados años oscuros, es decir, a su vida entre los doce y los más de treinta años de edad, que nos indica San Lucas, cuando comienza su ministerio.

¿Tuvo Jesús una vida humana ordinaria, en la que las bodas de Caná fueron sus propias bodas? ¿Correspondió al propio novio producir ese primer milagro de convertir cuatrocientos litros de agua en un sabroso vino? ¿Se trata sólo de un relato simbólico que relaciona el vino con una esencia sagrada? El misterio aún está abierto a discusión y a que se encuentren las pruebas irrefutables de la pretensión de los autores de esos dos libros, que han alcanzado una popularidad inusitada.

18 febrero 2006

El concepto de shunyata en el budismo y la nueva ciencia

por Luis Eduardo Bastías
El concepto de shunyata es uno de los más importantes y menos comprendidos de la filosofía budista. Se le traduce habitualmente como vacío o vacuidad, pero esa interpretación confunde más de lo que ilumina. Hoy tenemos la oportunidad de entender cabalmente el significado de esta noción gracias a los hallazgos de la física cuántica y los planteamientos de la cibernética.

Para quienes se han adentrado en la filosofía budista existe un concepto abstruso, enigmático y polémico, el concepto de shunyata, traducido típicamente como “vacío” o “vacuidad”. Tan polémico ha sido que el cibernetista y neurobiólogo budista y chileno -ya fallecido- Francisco Varela sostuvo que la mejor traducción para shunyata era en realidad “sobreabundancia”, descartando así, de la manera más radical, la interpretación tradicional del término sánscrito. Nos preguntamos entonces, por qué extraña razón shunyata se traduce tradicionalmente como vacuidad. Por otra parte la importancia que esta concepción tiene es gravitante.

Según Francisco Varela, la palabra shunya (término del cual deriva shunyata) se empleaba en la antigua India para denotar el vientre preñado de una madre. Al usar el término shunya, entonces, el Buda quería expresar la idea de que la realidad de las cosas es “sobreabundante”, es decir, que la realidad desborda cualquier descripción que pretenda encasillar a una cosa. Este concepto filosófico, al parecer, fue demasiado ininteligible y escapó en su verdadero significado a los primeros traductores occidentales, quienes sencillamente entendieron que el budismo era una filosofía nihilista, o sea, que negaba la existencia de la realidad, relegando de esta forma -automáticamente- al budismo a la categoría de creencia primitiva.

El desarrollo de las ciencias durante el siglo XX nos ha abierto por fin ojos y oídos. Actualmente podemos entender correctamente esta concepción epistemológica para descubrir que el concepto de shunyata alude a un conocimiento que poco a poco ha empezado a generalizarse en nuestra propia cultura.


El yo: Un espejismo de espejismos

Buda sostuvo que el yo, como tal, no existe, ya que aquello que denominamos compulsivamente “mi yo” está permanentemente cambiando y se trata de un simple concepto que emerge en cinco etapas analíticas que él denominó skandas.
Decía, entonces, que el yo se podía entender como una sucesión de personalidades (vijñana) individuales. Esta idea puede parecer difícil pero se trata de algo muy simple. Uno mismo se percata fácilmente que su personalidad va cambiando con el tiempo e, inclusive, muchas veces, hasta se yuxtaponen: mi personalidad como esposo, como padre, mi personalidad como hijo, como jefe, como subordinado, entre otras.
En efecto recordemos que la palabra personalidad fue introducida al lenguaje cotidiano por el psicoanálisis. Jung sostenía que la “persona” era la máscara o careta con que enfrentábamos las diversas situaciones que se nos plantean.

En definitiva, cada una de estas personalidades yuxtapuestas y cambiantes se componen de múltiples disposiciones emocionales (samskhara), todavía más efímeras, aunque no por eso inofensivas. Por ejemplo, si veo un hermoso reloj de pared que me gustaría comprar pero lo encuentro muy caro para mi presupuesto, desarrollaré una disposición emocional negativa consiente o inconsciente. Si acumulo muchas de estas emociones negativas, se manifiestan luego como un síntoma o incluso una patología: “estrés”. Así pues, cada una de nuestras múltiples personalidades se puede visualizar como emergiendo de la interrelación entre las efímeras disposiciones emocionales que tenemos durante el transcurso de nuestras vidas.

Sin embargo estas emociones que dan origen a nuestras personalidades no podrían surgir si no tenemos procesos cognitivos que nos permitan construir objetos de pensamiento. En el ejemplo del reloj estos objetos de pensamiento son el reloj por una parte y el dinero por otra, a los cuales podríamos agregar otros elementos más abstractos como el estatus o el denominado “buen gusto”, la “elegancia”. En consecuencia, cada disposición emocional involucra a su vez construcciones mentales que el Buda denominó samjñas.

Pero esta cadena continúa, ya que la construcción cognitiva de objetos y conceptos no es posible sin una percepción sensorial (vedana) previa. En el caso del reloj, para poder saber que existe es importante que yo lo haya visto. Si me gustó mucho es posible incluso que haya persuadido al dependiente para que me dejara tocarlo, ya que de esa forma le otorgo más realidad a mi construcción cognitiva, que ahora tiene un apoyo visual y otro kinestésico. Si luego escucho su tic tac tengo la imagen completa de lo que denomino un objeto real.

El Buda sostenía que esa sensación (visual, auditiva, kinestésica, olfativa o gustativa) de la cual emergía la percepción de un objeto tampoco era el fundamento último de la realidad, sino que sólo era posible debido a la interacción de realidades físicas (rupas) que originan cualquier percepción.

De esta forma el yo se presenta como un espejismo de espejismos en cinco niveles sucesivos de propiedades emergentes (skandas) y, en definitiva, el observador surge únicamente de las observaciones que él mismo hace.
Al poco tiempo la filosofía tradicional budista (Abhidharma) profundizó el tema de los cinco niveles o skandas, dando origen al concepto de dharma (con minúscula). Los dharmas son los constituyentes básicos de la realidad o, mejor dicho, patrones o procesos básicos que se experimentan como lo que forma el flujo de fenómenos mentales y físicos. Esto significa que los dharmas no solamente corresponden al plano que nosotros denominamos físico (rupa) sino que abarca a todos los cinco niveles de skandas ya descritos. De este modo, el Abidharma refina el análisis de los cinco skandas para proporcionar una enumeración y caracterización minuciosa de todos los dharmas.


La filosofía del medio

Hasta ahora se ha descrito la filosofía del no-yo (anatmán), la cual es compartida por todas las escuelas de budismo. La enseñanza de shunyata que podemos asimilar a los descubrimientos de la física moderna va más allá del anatmán y proviene de una línea particularmente avanzada dentro del budismo, la filosofía Madhyamaka, que surgió aproximadamente al comienzo de la era cristiana, hace unos dos milenios, y que sirvió de fundamento filosófico para la principal rama del budismo actual, el Mahayana.

Uno de sus principales exponentes fue el gran filósofo Nagarjuna (aprox. 150-250 D.C.), quien fue un paso más allá que el Abhidharma, al negar la existencia independiente (esto es: en sí) no sólo del yo sino que también del objeto observado e incluso de la observación o distinción misma. Para Nagarjuna, el Abhidharma descomponía al individuo en dharmas cada uno con una naturaleza propia inherente. La principal crtítica de Nagarjuna, entonces, a la filosofía tradicional budista de la época, es que ésta comprendía el no-yo o shunya de los individuos, pero no la cualidad de shunyata de los dharmas mismos.

El nombre madhyamaka significa literalmente “el camino del medio” y corresponde al mismo término empleado por el Buda para definir su sistema meditativo y moral. Buda escogió esa denominación para evidenciar que el camino que él propone es un modo de vida intermedio entre el hedonismo sensual, por un lado, y el ascetismo masoquista, por el otro. Nagarjuna astutamente emplea esa misma palabra para expresar la idea de que, así como la vida del sabio busca el equilibrio entre los extremos, así entonces la filosofía debe buscar el equilibrio entre los puntos de vista más radicales y opuestos. En efecto, en la época de Nagarjuna se habían decantado dos grandes posiciones filosóficas en disputa: el punto de vista del objetivismo y el del nihilismo. Desde el punto de vista del objetivista extremo, tanto el observador como el objeto e incluso la distinción misma existen de manera independiente. Este punto de vista es fácilmente criticable porque resulta bastante evidente (al menos, a mí me parece así) que el fenómeno de distinción no puede existir sin observador y objeto; para poder observar un reloj tiene que existir tanto el reloj como el observador.

Por otra parte, el propio Buda, como hemos visto, mostró que el observador carece de existencia sólida, permanente y absoluta, ya que el observador emerge de las distinciones u observaciones y por lo tanto no existe con independencia de éstas.
El último paso lo da Nagarjuna al sostener que incluso el objeto de observación (el reloj, en nuestro ejemplo) carece de existencia independiente. Él demostró esto con un argumento lógico: si un objeto existiera pero no pudiera ser observado jamás ¿qué sentido tiene decir que existe? Nagarjuna sostuvo que jamás podría darse un objeto existente que sea completamente imposible de observar. Dicho de otra forma, el objeto para constituirse como tal requiere la participación de al menos un sujeto que realice la observación. Ahora bien, si es un requisito para la existencia del objeto que éste pueda ser observado por alguien, entonces acabamos de demostrar que el objeto solamente existe en la medida que existe para alguien y, por lo tanto, no es independiente; no existe de manera absoluta, ya que para que surja como objeto hay un requisito lógico que es imprescindible y necesario: la existencia de -al menos- un observador que lo distinga.

De esta manera Nagarjuna derriba completamente la postura absolutista extrema. Sin embargo esta crítica se mal interpretó durante milenios en occidente, llegándose al extremo de pensar que el budismo era nihilista, que sostenía la inexistencia de las cosas. Es curioso que fuera el propio Nagarjuna quien aclaró esto desde un comienzo. En efecto, como hemos visto, el nombre de la filosofía Madhyamaka -el camino del medio- alude precisamente al espacio entre el nihilismo y el absolutismo filosófico. Nagarjuna sostenía que negar la existencia de los observadores o de los objetos era evidentemente estéril, pues nuestra experiencia fundamental cotidiana lo desmienten con total claridad e irrefutabilidad, en la medida que lo que existe para mí - como fenómeno - soy yo y mi circunstancia, si queremos emplear el lenguaje de Ortega y Gasset.


El origen dependiente

En definitiva shunyata no se refiere a que la realidad sea vacía, que la realidad no exista, que sería la postura nihilista; se refiere, en cambio, a la interdependencia de todas las cosas, en tibetano “ten del” (origen dependiente). El principio de origen dependiente se aplica en tres formas: causalidad, abstracción y distinción.
El origen dependiente se aplica al fenómeno de la causalidad mostrando que todos los fenómenos son a la vez causa y efecto y que, simultáneamente, todos los fenómenos tienen -a su vez- causas y efectos. De esta manera se comprueba que no existe fenómeno alguno que sea totalmente independiente del resto. Por ejemplo uno puede pensar que los brotes de virus hanta no están relacionados con las inundaciones y, en efecto, en primera instancia, no existe relación directa entre ambos fenómenos.
Sin embargo, ambos tienen causas comunes. Se sabe que las inundaciones se deben a alteraciones climatológicas como los fenómenos del Niño y de la Niña, los cuales se gatillan por variaciones en la temperatura promedio del planeta. A su vez, el calentamiento global tiene un efecto negativo sobre el sistema inmunológico de los roedores, particularmente del ratón colilarga, portador del hanta.

El concepto de origen dependiente también se aplica con relación a los distintos niveles de abstracción que se dan en la observación. Un sistema puede ser percibido como unidad simple o como unidad compuesta. Cualquier cosa visible siempre estará inserta en algo que lo contiene y a su vez estará formada por cosas que la componen, por lo tanto existe un origen lógico dependiente de los compuestos en términos de sus componentes.

Ahora bien, a pesar que todo está conformado por componentes, estos componentes no definen al todo, ya que los componentes de un sistema siempre cambian, aunque el sistema - como totalidad - se mantenga. Esta idea fue expresada en tiempos del Buda por el filósofo griego Heráclito, en su célebre sentencia: “Nadie se baña dos veces en el mismo río”. En efecto, si nos preguntamos dónde está la identidad de un río determinado, concluiremos que no se encuentra en el agua siempre mutante que lo conforma. El concepto de origen dependiente se aplica aquí en términos de distinción. Esto significa que si buscamos la verdadera identidad de un sistema, no la encontraremos en sus componentes. Lo mismo ocurre con un equipo de fútbol, por ejemplo. Sus jugadores van cambiando con el tiempo, hasta el diseño de la camiseta, los gritos de la barra, el estilo de juego, todo va cambiando, pero sigue siendo “el mismo” equipo, ¿por qué?. Según el madhyamaka, únicamente gracias a la capacidad organizadora que tenemos como observadores de distinguir cosas y dotarlas así de identidad. En resumen, el planteamiento de Nagarjuna es el siguiente: “Las cosas derivan su ser y su naturaleza de su interdependencia mutua y en sí mismas no son nada”. Esa es en definitiva la idea de shunyata. No significa que las cosas no existan, sino que existen pero son mutuamente interdependientes y, por lo tanto, no tienen existencia aislada o en sí mismas.


El punto de vista de la mecánica cuántica

Durante el siglo XX, el pensamiento cosmopolita de raigambre occidental ha redescubierto esta filosofía al percatarse que la ciencia contemporánea corrobora de la manera más radical y categórica los preceptos de la filosofía Madhyamaka. En primer término ha sido la física y particularmente la mecánica cuántica la que ha establecido con la rigurosidad propia del método científico que, en efecto, cuando uno descompone un objeto físico en sus componentes llega a un punto muerto que es la partícula-onda. Se trata de una entidad inimaginable pero susceptible de representar matemáticamente como la probabilidad de que pase algo. Por ello Bertrand Rusell decía: “El hombre corriente piensa que la materia es sólida; pero el físico piensa que es una onda de probabilidad, que ondula en la nada. Dicho brevemente: la materia en un lugar determinado es definida como la probabilidad de ver en ese lugar un fantasma”. En consecuencia la partícula-onda no existe en sí, no tiene existencia intrínseca, su naturaleza es shunyata, sólo existe en la medida en que interactúa con otras partículas cuánticas, ya que su origen es dependiente.

La segunda variante del origen dependiente, la que dice relación con los sistemas como unidades compuestas, se aplica aquí de manera casi profética, ya que durante el siglo XX se ha establecido que todas las partículas cuánticas existen como combinaciones de otros tipos de partículas cuánticas. Llegamos así a un punto en que no es necesario seguir descendiendo en la pirámide reduccionista. Podemos estar confiados que esta pirámide se yergue sobre cimientos recursivos, no es necesario afanarse en buscar el verdadero átomo (indivisible): todas las cosas son tomos (partes).

Cabe aclarar que incluso aquella rama de la física moderna que es la cromodinámica cuántica, fundada por el premio Nobel Murray Gell-Mann, llega a conclusiones similares por una vía distinta. Para Gell-Mann las partículas cuánticas sí se pueden dividir, en subpartículas denominadas quarks. Sin embargo estos quarks tienen un comportamiento tan bizarro -denominado “confinamiento”- que más bien pareciera tratarse de un simple mecanismo mnemotécnico para calcular o acordarse de las características de cada partícula cuántica “verdadera”, ya que -precisamente- el principio de confinamiento impide la división de la partícula, volviéndose así a la idea original de que todas las cosas son compuestas.

Dicho de otra manera, cuando buscamos los componentes básicos de la naturaleza se llega a las partículas cuánticas. Una vez allí podemos optar por dos vías. La primera consiste en reconocer sencillamente que todas las partículas existen como combinación de otras. La segunda posibilidad es forzar a la naturaleza a descender otro peldaño, para encontrarnos con los quarks. Pero la característica única de estas subpartículas es que nunca existen en forma independiente o separada. Están confinados y, por lo tanto, debemos admitir que solamente existen en la medida en que forman parte de una partícula que los contiene. En cualquiera de los dos casos el budismo tiene la razón: los quarks y las partículas cuánticas presentan origen dependiente.

Finalmente, la tercera forma del origen dependiente también se manifiesta en mecánica cuántica. Me refiero a la dependencia objeto-observador. Las partícula-ondas cuánticas tienen una peculiaridad muy interesante, su propia constitución queda indefinida si la partícula no es perturbada. Ahora bien, para observarla, es necesario perturbarla. Esto es lo que estableció matemáticamente Werner Heisenberg en el famoso principio de incertidumbre o indeterminación. En efecto, la física cuántica ha introducido el concepto de partícula virtual para referirse a las posibilidades invisibles de estructura interna que tiene una partícula en el ínterin que no es perturbada (recordemos que las partículas cuánticas existen como combinaciones de otras partículas). Esto significa que la partícula propiamente tal solamente aparece tras la participación de un observador, volviéndose así a caer en la idea de origen dependiente. Más adelante la cibernética, particularmente su vertiente más actual que se denomina “de segundo orden”, ha generalizado el principio de Heisenberg para todos los sistemas. En otras palabras, nunca es posible observar a un sistema sin perturbarlo. Esta idea implica que en un sentido filosófico y profundo el sistema depende a tal extremo del observador para originarse como tal que resulta más práctico asumir sencillamente que el observador y el sistema forman parte de un solo sistema cibernético. Es decir que para la cibernética de segundo orden la naturaleza se revela como una pintura de Escher en que la mano se dibuja a sí misma, el observador forma parte del cuadro que mira, o algo por el estilo. Esta idea ha trascendido el ámbito de las ciencias y ha llegado a la filosofía bajo la denominación de constructivismo radical.

No es extraño entonces que las escuelas más avanzadas de filosofía contemporánea, aquellas que se hacen cargo de los descubrimientos hechos por la física, la cibernética y la neurociencia, acaben coincidiendo con los postulados fundamentales de la rama más elevada de la filosofía budista.


Un cuentito

Dos gemelos han estado viviendo toda su vida sin salir de una casa. El primero subió a la azotea y encontró un telescopio. El segundo bajó al sótano y encontró una pequeña estatua de Buda. Cuando conversaban, el primero no le prestaba mucha atención al segundo. Este último, fascinado con su descubrimiento pasaba cada vez más tiempo en el sótano descubriendo por sí mismo el placer de la meditación. El otro observaba cada vez cosas más pequeñas y remotas y, así, sumido en sus hallazgos, se alejaba cada vez más de su hermano y sus ideas le parecían las alucinaciones de un lunático.

Un día el hermano de la azotea tomó su telescopio y lo apunto al interior de una habitación de la casa del frente para descubrir apenas visible un espejo que apuntaba hacia su propia casa. En el reflejo del espejo se vio a él mismo contemplando la realidad a través de su telescopio. Bajando luego la vista, pudo ver a su gemelo, para descubrir así que sus dichos eran ciertos. Había allí, en las profundidades de su propia casa una espléndida aunque pequeña estatua de Buda.

12 febrero 2006

Física Moderna y Budismo

Muchas veces me han preguntado por qué me hice Budista. La respuesta que siempre doy es que yo no me convertí al Budismo sino sencillamente fui descubriendo que yo ya era un budista aún sin saberlo. Luego me consultan: “pero qué te llevó a interesarte en el Budismo”. Mi respuesta siempre ha sido: “La física”.

Siendo yo estudiante en la Universidad Santa María tuve la suerte de tener grandes profesores de física, como don Nicolás Porras y Luis Paredes, quienes me enseñaron no sólo a resolver problemas mediante ecuaciones sino que a pensar en las consecuencias filosóficas de los descubrimientos científicos. Sin embargo fue un profesor de Informática, Ricardo Acevedo, quien en una conversación me recomendó leer “El Tao de la Física”, libro que cambiaría mi vida.

“El Tao de la Física”, de Fritjof Capra fue uno de los primeros libros que exploraron la conexión entre la física moderna y las filosofías orientales. En este texto clásico, el autor bosqueja los lineamientos de la mecánica cuántica y de las tres principales filosofías orientales: el Budismo, el Hinduismo y el Taoísmo, destacando sus concordancias y similitudes.

Otro texto que explora el estrecho vínculo entre la física moderna y las filosofías orientales es “La Danza de los Maestros de Wu Li”, de Gary Kuzav. Finalmente, el texto “El infinito en la Palma de la Mano”, de los autores Ricard y Thuan, se concentra específicamente en la intersección entre física moderna y Budismo.

Básicamente lo que estos autores han constatado es que tanto el método científico como las filosofías orientales han llegado a un sinnúmero de conclusiones similares en lo relativo a la naturaleza de las cosas y de los fenómenos naturales.

Una de estas grandes convergencias es la idea del universo como una totalidad indivisible o, en otras palabras, la interconectividad de todas las cosas, particularmente del observador y del objeto observado. Esta idea que es el eje central tanto de las teorías de la relatividad como de la mecánica cuántica, ha estado siempre en el corazón mismo de las tradiciones filosóficas de oriente.

Incluso se puede ser mucho más específico y comparar experimentos clásicos, como el ERP o el péndulo de Focault, con elementos específicos como el concepto Budista de shuññata.

La conclusión a la que llegan a menudo quienes estudian estos temas es que el método científico y algunos sistemas orientales de introspección, como la filosofía Budista, son métodos igualmente robustos y rigurosos. En ambos casos se trata de sistemas dialécticos que permiten avanzar hacia un conocimiento cada vez más refinado y, en ese sentido, verdadero.

No es casualidad que Albert Einstein, quien propuso la Teoría de la Relatividad General (y antes que eso la Específica) y también propuso la existencia de las partículas cuánticas de luz - posteriormente denominadas “fotones” - escribiera lo siguiente:
La religión del futuro será una religión cósmica. Deberá trascender la idea de un Dios que existe como persona y evitar el dogma y la teología. Abarcando tanto lo natural como lo espiritual, deberá fundarse en un sentido religioso nacido de la experiencia de todas las cosas, naturales y espirituales, consideradas un conjunto con sentido.

El Budismo corresponde a esta descripción (…) Si existe una religión que podría estar en concordancia con los imperativos de la ciencia moderna, esa religión es el Budismo.

Albert Einstein citado por Thinley Norbu, en Welcoming Flowers, from Across the Cleansed Threshold of Hope, an Answer to Pope’s Criticism of Buddhism, Jewel Publishing House, 1997.

11 febrero 2006

¿Puede influir la mente sobre el cuerpo?

por MÓNICA RODRÍGUEZ-ZAFRA
Actualmente, desde distintas áreas de trabajo se pone de manifiesto la influencia de la mente sobre el cuerpo. Los resultados que se obtienen mediante el entrenamiento en técnicas de biofeedback muestran que el estado mental condiciona en buena medida el estado corporal al demostrar que la intención del participante, un acto de la mente, modula las variables psicofisiológicas corporales. También los estudios que se han realizado sobre los efectos que los distintos estados de conciencia producen en el organismo ponen de manifiesto que los diferentes estados de la conciencia correlacionan con diferentes estados fisiológicos.

Uno de los estados de conciencia estudiados desde la perspectiva experimental es el alcanzado a través del entrenamiento en una técnica de meditación derivada de la tradición védica hindú que llegó a Occidente en 1959 denominada meditación trascendental. Esta técnica entrena la mente mediante la práctica de la concentración de la atención. Su estudio experimental cuenta con más de cuatro décadas de investigación en el ámbito académico y, a partir del gran número de estudios elaborados durante los años sesenta y setenta, la Asociación Psiquiátrica Americana manifestó, en 1977, su postura oficial ante la meditación reconociendo su posible valor terapéutico y recomendando su investigación.


Hasta ahora se han llevado a cabo más de 500 investigaciones sobre sus efectos fisiológicos y psicológicos en más de 200 universidades e institutos de investigación distribuidos en más de 30 países, trabajos rigurosos desde el punto de vista experimental que han sido publicados en revistas científicas de reconocido prestigio internacional. Sin embargo, ha sido en los últimos diez años cuando se ha realizado una investigación profunda y sistemática sobre los efectos de la meditación trascendental. Su evolución se ha caracterizado por la utilización de técnicas cada vez más sofisticadas en la medición de las variables dependientes, con un mayor control experimental, una mayor precisión en la selección de los sujetos estudiados y una descripción fenomenológica más concreta del estado meditativo.

Los primeros estudios sistemáticos publicados fueron la tesis doctoral de Wallace (elaborada en la unidad de medicina de la Universidad de Harvard, en el hospital de Boston y en la Universidad de California en Irvine) y los posteriores experimentos del propio Wallace y Benson. Estos autores constataron que durante la meditación se producía una disminución en el consumo de oxígeno y en la eliminación de dióxido de carbono, una disminución de la concentración de lactato en sangre (subproducto del metabolismo aerobio que se ha relacionado con la ansiedad y con los ataques de pánico), un aumento del riego sanguíneo a los músculos, un aumento de la resistencia galvánica de la piel (la baja resistencia de la piel correlaciona con altos niveles de ansiedad y viceversa), una disminución de la tasa cardiaca y un aumento de la frecuencia alpha en el registro electroencefalográfico en las regiones frontales y centrales del cerebro, observándose además, en algunos sujetos, ondas theta en las regiones frontales.

Las investigaciones llevadas a cabo hasta el momento ilustran la interrelación entre el cuerpo y los estados de conciencia, pues ponen claramente de manifiesto que el estado de conciencia que se adquiere con la práctica de la meditación produce un patrón fisiológico característico. Patrón que se caracteriza por ser un estado de alerta relajada, es decir, se produce un estado de relajación del sistema nervioso periférico al tiempo que también se produce un estado de alta activación del sistema nervioso central.

MÓNICA RODRÍGUEZ-ZAFRA, profesora titular del departamento de Psicobiología de la facultad de Psicología de la UNED, Madrid

05 febrero 2006

Un nuevo humanismo

por Salvador Pániker
¿Puede hoy una persona culta estar al margen de nociones como la biología molecular, la inteligencia artificial, la teoría del caos, los fractales, la biodiversidad, la nanotecnología o el genoma? ¿Puede construirse una propuesta de conocimiento universal sin ellas? La integración de ´cultura litera' y 'cultura científica' está dando pie a lo que algunos llaman la 'tercera cultura': fuente de metáforas que renueva no sólo el lenguaje, sino también el armamento conceptual del humanismo clásico.

Mientras los intelectuales de letras siguen sin comunicarse con los científicos, el gran público se apasiona con cuestiones como ¿cuál es el origen de la vida?, ¿de dónde surgió la mente?, ¿cómo empezó el universo? ¿Quién es capaz de seguir la endiablada complejidad matemática de la teoría de las supercuerdas? Y, con todo, hay ahí un camino irreversible. Ha sonado la hora de liberarnos de la tiranía de la intuición y el sentido común.

En 1959, C. P. Snow dictó en Cambridge una famosa conferencia titulada Las dos culturas y la revolución científica, deplorando la escisión académica y profesional entre el ramo de las ciencias y el de las letras. En 1995, el agente literario John Brockman, recogiendo una expresión acuñada por el propio Snow, popularizó el concepto de la tercera cultura, para referirse a la entrada en escena de los científicos-escritores. Según Brockman, "una educación estilo años cincuenta, basada en Freud, Marx y el modernismo, no es un bagaje suficiente para un pensador de los noventa". Pero lo notable del caso es que los intelectuales de letras seguían -siguen- sin comunicar con los científicos, y, en consecuencia, son estos últimos quienes están dirigiéndose ya directamente al gran público. Un gran público que comienza a estar familiarizado con nociones como biología molecular, inteligencia artificial, teoría del caos, fractales, biodiversidad, nanotecnología, genoma, etcétera; un gran público que huye de viejas disquisiciones teológicas, pero que comienza a apasionarse con cuestiones secularizadas tales como ¿cuál es el origen de la vida?, ¿de dónde surgió la mente?, ¿cómo empezó el universo?

Pues bien, un nuevo humanismo debe poder enfrentarse con todos estos temas desde un cierto conocimiento de causa. Un nuevo humanismo debe recoger el arsenal de metáforas suministrado por las ciencias duras. Un nuevo humanismo ya no ha de ser tanto un humanismo clásico cuanto una nueva hibridación entre ciencias y letras. En el bien entendido que, desde siempre, la gravitación de la ciencia sobre la filosofía ha sido crucial. Emile Bréhier señaló que, en cada época, tanto o más que el modelo económico de producción, influye la imagen astronómica. Ello es que el divorcio entre ciencias y letras, que alcanza su cenit en la famosa frase de Sartre ( "la ciencia no me interesa para nada") es cosa harto reciente.


El lenguaje de la ciencia

Un nuevo humanismo debería acometer, incluso, una cierta reforma del lenguaje. Pienso, por ejemplo, en lo mucho que nos sigue traicionando todavía el viejo constructo aristotélico hecho de sujeto, verbo y predicado. Esta convención es responsable, como ya denunciara David Hume, de incurrir en la falacia de creer que hay mente cuando lo único seguro es que hay actos mentales. Ahora bien, ¿de qué otros lenguajes podemos echar mano? ¿Y cuál es el marco teórico general? Cuando Julia Kristeva intentó elaborar una teoría formal del lenguaje poético, siendo la intención correcta, no consiguió llegar muy lejos. Por otra parte, los llamados lenguajes formales son adecuados únicamente para la ciencia y acaban en un coto reducidísimo de especialistas. Así, pongo por caso, todavía las gentes ilustradas pudieron digerir en su día la teoría de la gravitación de Newton, e incluso la de la relatividad de Einstein (aunque ésta ya menos, la constancia de la velocidad de la luz es estrictamente contraintuitiva); pero ¿quién es capaz de seguir la endiablada complejidad matemática de la teoría de las supercuerdas? Y, con todo, hay ahí un camino a mi juicio irreversible. Pues ha sonado la hora de liberarnos de la tiranía de la intuición, el sentido común y otros embelecos parecidos. Sucede que la contradicción está en el corazón de la realidad. Recordemos que Niels Bohr expuso el principio de complementariedad: las partículas elementales se comportan a la vez como ondas y como corpúsculos. Más todavía, quizá no haya partículas elementales sino sólo las vibraciones de unas minúsculas y metafóricas cuerdas. La mentada teoría de las supercuerdas (la super viene de la supersimetría que incorpora) viene a diluir la materia en una especie de música que es también una estructura matemática.

En rigor, incluso dentro del modelo estándar de la física de partículas, éstas no son unas ridículas bolitas macizas, sino algo mucho menos intuitivo, meramente relacionado con los cuantos de excitación de los campos. Quiere decirse que, en última instancia, la física no trata tanto con sustancias como con relaciones. Y que, según se mire, la realidad es antes abstracta que concreta. (Y, por consiguiente, mucho más poética de lo que se creía). Werner Heisenberg explicaba, al final de su vida, que lo verdaderamente fundamental en la naturaleza no son las llamadas partículas elementales sino las simetrías abstractas que hay más allá de ellas. Pudiéramos también aducir, como ejemplos, los sistemas de diseño genético o las informaciones formalizadas que definen nuestros estados de conciencia. En fin, y para que no haya equívocos, no se trata de platonismo sino de algo previo: precisamente de la superación de la dualidad concreto/ abstracto. Y también de que, en su último nivel, no existe distinción entre lo material y lo mental.


La tradición mística

Penetramos así en una zona de claroscuro físico/ metafísico en la que se diluyen, en general, todas las dualidades, y especialmente la muy general entre sujeto y objeto. A esta visión no-dual de la realidad, el Vedanta hindú la llamó advaita. También el budismo y el taoismo han proclamado la naturaleza no-dual de la realidad -la cual sólo se revelaría en una cierta experiencia mística-. El budismo mahayana llega al extremo de negar incluso la dualidad entre dualidad y no-dualidad, y de ahí la famosa sentencia de que "samsara es nirvana". Como es sabido, budismo y Vedanta difieren en que mientras el primero es una metafísica basada en la negación del sujeto, el segundo se basa en la negación del predicado. Ahora bien, alcanzada la no-dualidad, todo incide.

El caso es que todas las tradiciones místicas solventes (y hay muy pocas) han comenzado su enseñanza partiendo de lo infinito no-dual. Lo cual no es ontologismo, sino el resultado de una experiencia muy especial, precisamente la llamada (a falta de mejor nombre) experiencia mística. (Mística viene de mystein, ´cerrar los ojos´, y no es, ciertamente, el vocablo más adecuado para referirse a esa experiencia de suprema lucidez crítica que nos hace vislumbrar el último misterio de la realidad y que, en sí misma, poco tiene que ver con las religiones). Yel caso es también que la ciencia ni corrobora ni falsea esta visión. Lo que ocurre es que la ciencia, con su aproximación cada vez más misteriosa a la realidad, contribuye -a diferencia de otras épocas- a reencantar el mundo. La misma materia ha dejado de ser ese asunto aburrido del que se quejaba Whitehead. La ciencia proporciona hoy las mejores metáforas, y ellas son bastante connaturales con la visión de los llamados místicos.

Disecamos la realidad de acuerdo con los esquemas de nuestra lengua materna, decía (aproximadamente) Benjamín L. Whorf. Procede, pues, huir de la trampa del lenguaje convencional que inventa substancias allí donde sólo hay actos y relaciones. Ya he apuntado que, tal como enseña el neurólogo Peter W. Nathan, es lícito usar el adjetivo mental, pero no lo es tanto referirse al substantivo mente - dicho de otro modo, es correcto afirmar que la percepción es un suceso mental, pero es erróneo inferir que la percepción ocurre en la mente-. La mente, el alma, la substancia, el yo, todas esas entelequias son inventos de la gramática y sólo tienen utilidad funcional si nos sirven como trampolín para saltar más allá del yo, más allá de la mente y más allá de la sustancia, hacia lo místico, allí donde la infinitud diluye las separaciones. Allí - dicho sea de paso- donde la muerte es mera anécdota.


La metáfora de lo infinito

He mencionado esa zona de claroscuro físico/ metafísica en la que se diluyen las dualidades, y muy especialmente, la dualidad sujeto-objeto. Es una zona también poética en la que las fronteras entre disciplinas se hacen ténues, y nuevas metáforas emergen. Dialéctica entre lo finito y lo infinito, por ejemplo. Recuerdo ahora que la mecánica cuántica asocia sus sistemas al llamado espacio de Hilbert, generalmente de infinitas dimensiones. Y cabe pensar que el número de las partículas elementales sea de una variedad inagotable, de la cual sólo una pequeña fracción es observable -una insinuación recogida por la teoría de las supercuerdas-. Y también se nos ocurre especular que todas las posibles -e infinitas- expresiones matemáticas de la realidad física tengan cumplimiento, si no en éste, en otros posibles universos. Más aún, sucede que en nuestro propio mundo presidido por la mecánica cuántica, la naturaleza, cuando no es observada, incluye todas las situaciones posibles, y sólo cuando realizamos una observación experimental, la naturaleza elige una posibilidad: es el llamado "colapso de la función de onda". Ampliando la perspectiva, se diría que el mundo real (finito) es el colapso de la infinitud potencial.

Ciertamente, sabemos que en ciencia lo infinito está vedado, y que sólo emerge (cuasi clandestinamente) bajo forma de singularidad. Lo que ocurre es que la ciencia no pasa de ser la más afinada de nuestras metáforas para referirse a una realidad que siempre nos trasciende. No soy un fanático de lo que Aldous Huxley llamó filosofía perenne (no creo que haya una sola realidad con diferentes lenguajes); tampoco soy de los que defienden la correlación, sin más precisiones, entre física cuántica y misticismo; ahora bien, sí sospecho que existe un denominador común en el mensaje de los místicos, y que este departe, nominador común es el que viene expresado en la idea/ metáfora de lo infinito. "Je ne vois qu´infini par toutes les fenêtres", dijo Baudelaire. Yel profético William Blake lo expuso en frase célebre: "Si las puertas de la percepción quedasen limpias, todo aparecería al hombre tal como es: infinito". Ambos poetas recapitulaban una ancestral vivencia. Porque existe, claro está, una genealogía de la idea filosófica de infinito, desde el ápeiron de Anaximandro hasta el infinito especulativo de Hegel, pasando por Filón, Plotino, Duns Escoto, el cardenal de Cusa, Bruno, Spinoza, Fichte. Más toda la teología negativa. Más toda la metafísica de Oriente. Por otra uno puede tener una cierta intuición de lo infinito y, al mismo tiempo, defender una filosofía de la contingencia. No podemos filosofar como si Darwin no hubiese existido. Ello es que una filosofía de la contingencia hace reaparecer la divinidad inmanente, donde vuelve a asomar lo infinito en conjunción con el azar. Porque infinitud y pluralismo también van de la mano. Y porque la misma noción de finitud carece de sentido sin el referente infinito. (Esto lo vio muy claro Hegel). Más aún: se diría que cualquier cosa real contiene una singularidad, un colapso de la infinitud, que es un atisbo de la divinidad. (Esto también fue atisbado por el cardenal de Cusa, quien unificó el con-cepto abstracto de infinito matemático con la infinitud real de lo divino, y, además, escribió que "toda criatura es infinitud finita").


El cerebro completo

En rigor, cualquier cosa real acaba diluyendo la dualidad sujeto-objeto. Ciertamente, hay observadores además de fenómenos, pero la misma mecánica cuántica es incompatible con la lógica clásica, y cualquier artista sabe que el creador y la cosa creada son lo mismo, y que el cerebro no es un simple receptor pasivo de información. Yo me trasciendo en mis actos; mis actos se trascienden en el proceso total del mundo. Si es cierto que lo infinito aparece (científicamente) como un fracaso de la teoría, lo finito surge (metafísicamente) como un colapso de la infinitud. Esa infinitud trasciende a la dualidad ser/no-ser. Precisamente en la singularidad matemática del Big Bang, los parámetros físicos se hacen infinitos significando algo así como el colapso de la nada para dar nacimiento a algo. Una metáfora que no hubiera desagradado al Maestro Eckhart, quien habló de la deidad -distinta de Dios- como una nada. En cuyo caso, si al morir retornamos a la nada, retornamos también a lo infinito. Lo infinito que es también ese desierto que, al decir de Angelus Silesius, cae más allá de Dios.

Se dirá que, en física cuántica -definida en términos de teoría de campos, previos a las partículas y a las ondas- la nada viene sustituida por el vacío, y el vacío es una especie de océano repleto de partículas virtuales, es decir, de campos cuánticos que son algo más que meras ficciones. Bien. Aquí estamos echando mano de metáforas, en el bien entendido que la propia ciencia aboca a un claroscuro donde reaparece siempre el misterio. El caso es que cualquier especulación naufraga, y al final sólo nos queda el recurso a una cierta experiencia mística, poética, estética, musical, transpersonal, o cómo quiera llamarse, que quizá sea la única experiencia real -porque, además, es la experiencia del cerebro completo, y no sólo la de su hemisferio analítico/ racional-.

En resolución. Un nuevo humanismo no puede ponerse de espaldas a la ciencia. Naturalmente, no se trata de incurrir en el oscurantismo pseudocientífico denunciado por Alan Sokal y J. Bricmont en su conocido libro Imposturas intelectuales. No hay que usar la jerga científica en contextos que no le corresponden. Tampoco se trata de caer en el relativismo epistémico (que surge de una mala digestión de las obras de Kuhn y Feyerabend), ni de creer que la ciencia es una mera narración, un mito o una construcción social. La tarea es previa y más respetuosa con la autonomía de la ciencia. Se trata de que los paradigmas científicos fecunden realmente a los discursos filosóficos e incluso literarios. En arte ello es ya moneda común, y así es frecuente escuchar a conocidos pintores remitiéndose a la ciencia, y en especial a la física cuántica, como marco intelectual e, incluso, fuente de inspiración. Lo cual, por su parte, no es pedantería sino genuina comprensión de que si hubo una época en que el arte iba por delante de la ciencia, hoy la situación se ha invertido.

Ciertamente, la fusión de saberes como en el Renacimiento ya no es posible. La montaña de la especialización es demasiado alta. Ahora bien, las grandes preguntas subsisten, el tema de la condición humana está en juego, y la permeabilidad entre ciencias y letras es una exigencia central de nuestro tiempo.

Salvador Pániker es escritor y filósofo. Entre sus obras de pensamiento más conocidas figuran ´Aproximación al origen´ y ´Ensayos retroprogresivos´. Ha escrito también dos libros de memorias y los dietarios ´Cuaderno amarillo´ y ´Variaciones 95´